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Amargura
52.--- ¡Qué pena, Señor, qué pena,
ver tanta sangre tiñendo la arena!
¡Qué pena, Señor, qué pena,
sobre el dorado océano la luna
ya no preside una noche serena!
La cubre humo de muerte ciega.
¡Cuánto dolor, cuánta miseria!
La bestia, rotas sus cadenas, avanza
dejando hambre, peste, muerte,
por doquiera.
Al son de la metralla, fúnebre odalisca
con las tripas afuera
su danza de los vientres ensaya.
Los velos, ensangrentados,
envuelven niños mutilados.
Vaciadas, cantan las madres,
nanas que apuñalan
el alma a quien alma tenga.
La bestia ha roto sus cadenas.
Ha quebrado el sello y avanza.
Tiene hambre de vidas inocentes
y con la vida juega.
Donde muere el sol, nace la bestia.
Milenios de historia a su paso deshace.
Sonríe, pérfida y voraz, mientras miente y mata.
Su rugido baja hasta los infiernos
y de infiernos se alimenta.
Todas las caras del mal en un instante
los niños inocentes aprehenden
sobre su carne.
Y es su juego vivir
hasta que la bestia los encuentre
y mate.
Rojas arenas, rojo sol, roja luna,
sangre roja y caliente como ninguna
derramándose en torrentes.
Desde Occidente la muerte llega
disfrazada de Hada Buena.
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